Pasa el perro caminando apurado, seguido de su dueño quien lo lleva enganchado del collar. Yo observo todo desde mi ventana, y el perro que tira al dueño pasa por la vereda de enfrente. Mientras en el quinto piso del edificio, al otro lado de la calle, un hombre extremadamente atractivo riega las plantas de su balcón. Mira con ojos de halcón, y sus cejas enmarcan perfectamente su mirada puntiaguda. Por eso se dedica a regar las plantas con tanto cuidado, porque sabe que la chica desde abajo lo mira fijamente a los ojos, y él le contesta con apenas una sonrisa que sale por debajo de sus bigotes. Una sonrisa perversamente deliciosa.
La chica va en un ómnibus con destino al limbo, rumbo incierto y desconocido.Cansada del viaje mira hacia fuera. Cuando el semáforo se detiene en la luz roja, es tiempo suficiente para apreciar con detenimiento el paisaje durante unos escasos minutos. Escasos pero suficientes.
Sus ojos se posan en el edificio que resalta entre el montón, el que tiene forma de nave. Le llama la atención el diseño. Viajeros serán todos los que allí habitan, pensó. Mientras sigue inspeccionando todos los pisos del edificio, nada la convence como para dedicar una minuciosa observación. Hasta que en el quinto piso se detiene hipnotizada. El hombre que riega las plantas observa a la chica sin parar, saca su lengua y humedece sus labios suavemente. Ella sonríe y le devuelve la mirada, y con cuidado sacude sus rizos dorados. Se miran y se penetran durante la pausa determinada por el semáforo. Luego el ómnibus sigue su recorrido. Se desconectan.
Yo lo se todo porque vivo en el edificio de enfrente y la ventana de mi cuarto tiene orientación hacia ese lado de la calle. Yo lo se todo porque siempre observo desde mi ventana al regador de plantas, que me encanta.
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